En la Secundaria Técnica No. 3 de Celaya, Guanajuato, el salón de español dejó de ser solo un espacio para leer y redactar textos: por unos días se transformó en una feria de experimentos científicos. La propuesta, diseñada por el profesor Roberto Ruiz González, buscó que las y los estudiantes de 2.º y 3.º grado se apropiaran de otros lenguajes, en este caso el lenguaje científico, a través de la experimentación y el trabajo colaborativo.
La práctica se inscribe en el campo formativo Lenguajes del Plan de Estudios 2022 y toma como punto de partida el Proceso de Desarrollo de Aprendizaje: “Elabora una propuesta de divulgación científica, con la participación de la comunidad escolar, para fomentar el conocimiento de las ciencias”. Desde un enfoque sociocrítico, el proyecto articuló dos ejes clave: inclusión y pensamiento crítico, con la convicción de que las y los adolescentes necesitan vivenciar otras formas de expresión para comprender el mundo.
El camino comenzó con algo muy cercano a su realidad: videos de experimentos caseros en YouTube y TikTok. Cada equipo analizó varios experimentos y elaboró fichas donde identificaban la teoría científica que se demostraba, el procedimiento seguido y los materiales utilizados. A partir de ese análisis seleccionaron tres experimentos, consiguieron los insumos necesarios y los recrearon en el aula, perfeccionando la explicación y la presentación a partir de la retroalimentación del grupo.
Con los experimentos listos, dieron el siguiente paso: organizar una feria de la experimentación científica en los pasillos de la escuela. Las y los estudiantes diseñaron carteles, gestionaron permisos, definieron la logística del recorrido y se distribuyeron responsabilidades: algunos explicaban, otros cuidaban los materiales, otros registraban preguntas y comentarios. Esta distribución de tareas fue clave para garantizar la participación de quienes suelen mantenerse al margen; la inclusión se vivió no solo como discurso, sino como experiencia concreta.
Además de presentar sus experimentos a distintos grupos, los equipos grabaron fragmentos de la feria y, al finalizar, redactaron informes y narraciones personales sobre lo aprendido y lo que más disfrutaron. De esta manera, la práctica cerró el círculo: del consumo de textos audiovisuales pasaron a la producción de textos escritos y orales, siempre ligados al lenguaje científico.
Los resultados fueron evidentes: durante siete días, los grupos se mostraron motivados, involucrados y responsables de su propio proyecto. Se fortaleció el trabajo colaborativo, se hicieron visibles aprendizajes de física y química que antes se percibían abstractos y, sobre todo, las y los estudiantes se vieron a sí mismos como capaces de explicar la ciencia con sus propias palabras.
Esta experiencia demuestra que el campo formativo Lenguajes puede ser un poderoso puente hacia otros saberes. Cuando el aula de español se abre a la experimentación científica, las y los adolescentes no solo desarrollan habilidades de lectura y escritura; también construyen pensamiento crítico, amplían sus recursos para comprender la realidad y descubren que apropiarse de otros lenguajes es una herramienta para reducir desigualdades y participar activamente en la vida comunitaria.
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