La inclusión comienza en la forma en que hablamos de nuestras y nuestros estudiantes. Cuando usamos etiquetas, reducimos a la persona a una única característica; cuando miramos las barreras del entorno, abrimos posibilidades para que todos participen y aprendan.
¿Cómo el lenguaje construye percepciones y relaciones?
En México usamos etiquetas todos los días en la comunicación con nuestras familias, con los amigos, en la escuela, en la universidad, etc. etiquetas que van desde “el gordito”, “el morenito”, “la güerita”, “el chaparrito”, “el latoso”, “el burro”, “la inteligente”, “la fresa”. Muchas parecen “inofensivas”, pero en realidad cargan siglos de estereotipos, jerarquías y formas normalizadas de discriminación. El lenguaje nunca es sólo lenguaje: es una herramienta que organiza la forma en que miramos, clasificamos y nos relacionamos con los demás.
Paulo Freire, en Pedagogía del oprimido (1968), afirma que el lenguaje no es neutro. Cada palabra que pronunciamos puede humanizar o deshumanizar, acercar o excluir, liberar o limitar. Para Freire, toda relación educativa es, al mismo tiempo, una relación de diálogo, y ese diálogo es el espacio donde se construyen o se rompen las opresiones.
El sociólogo Pierre Bourdieu, en Language and Symbolic Power (1991), complementa esta idea al remarcar que el lenguaje es un campo de poder: define qué es “normal”, quién merece respeto, quién pertenece y quién es “otro”. Cuando usamos etiquetas, incluso en tono casual, estamos reproduciendo esquemas de clasificación aprendidos culturalmente, no describen una característica: la convierten en identidad. Y esa identidad puede ser usada para justificar distancias, burlas o desigualdades .
¿Por qué evitar etiquetas?
Desde la antropología, abandonar las etiquetas es un gesto que desmonta microracismos, microviolencias y formas sutiles de exclusión heredadas culturalmente. Las palabras no solo describen: construyen realidad. Lo que nombramos —y cómo lo nombramos— moldea la forma en que percibimos a las personas, el valor que les asignamos y el trato que consideramos “normal” hacia ellas.
Las etiquetas funcionan como un atajo cognitivo: simplifica al otro para que encaje en lo que esperamos de él. Pero ese “atajo” distorsiona la realidad. Si alguien se le etiqueta como “tímido”, “problemático”, “flojo” o “naco” , la percepción que se tiene de él ya está contaminada antes de observar su comportamiento real. Esta distorsión guía decisiones, juicios y actitudes, influye en la autopercepción y puede convertirse en una profecía autocumplida.
Así mismo, estas etiquetas provocan en el señalado baja autoestima, expectativas reducidas, rechazo entre pares, relaciones deterioradas con adultos y lo más importante: desvían la mirada del entorno y la práctica educativa, que es donde realmente deben hacerse los cambios.
Sin embargo, existen riesgos menos visibles, pero no por ello menos importantes; aunque hayan etiquetas parezcan halagos como lo son el “ella es inteligente”, “él es responsable”, “ellos siempre son aplicados”, “ellos se comportan bien”, “es el/la mejor”; también genera problemáticas, pero ¿por qué?, Porque incluso las etiquetas positivas: generan presión por mantener una imagen, dificultan el error y se vive como fracaso, fomentan comparaciones, crean jerarquías invisibles entre estudiantes y limitan la identidad de la persona a un solo rasgo.
Diferencia entre lenguaje positivo vs lenguaje que hiere o limita
El lenguaje en la escuela no es solo una forma de comunicarnos: es una herramienta que modela cómo nos vemos, cómo vemos a los demás y cómo convivimos. Cada palabra puede abrir caminos de participación o levantar barreras que lastiman.
Muchas veces usamos frases que parecen cotidianas, pero que terminan por atribuir la dificultad únicamente al estudiante. El problema no es la palabra en sí, sino la mirada que refuerza: una mirada centrada en el “déficit” del alumno, en lugar de considerar los apoyos, estrategias o condiciones que podrían ajustarse.
Hablar con un lenguaje más inclusivo no significa ignorar los retos. Al contrario, significa describir las necesidades desde la posibilidad y el proceso, sin convertirlas en juicios sobre la identidad de la persona. Implica pasar de señalar “lo que falta” a identificar “lo que necesita para aprender mejor”.
Al transformar el lenguaje, también transformamos la acción educativa. Por ejemplo:
- “No pone atención” → “Necesita movimiento o descansos para concentrarse.”
- “No entiende” → “Aún está en proceso; podemos ajustar la explicación.”
- “Es lento” → “Aprende a su ritmo y puede avanzar con acompañamiento.”
Este tipo de expresiones abre caminos, humaniza las interacciones y fortalece una cultura del buen trato, donde cada estudiante se siente capaz de participar y avanzar.
Conclusión
Si el lenguaje reproduce estigmas, también reproduce desigualdades; pero cuando el lenguaje cambia, cambia la forma en que entendemos y tratamos a las personas. Las etiquetas —sean negativas o disfrazadas de halagos— reducen a alguien a una sola idea, y eso limita su capacidad de mostrarse, crecer y participar libremente.
Cuando dejamos de nombrar desde el juicio y empezamos a nombrar desde la comprensión, abrimos espacio a relaciones más equitativas, a entornos más seguros y a convivencias donde nadie tiene que cargar con etiquetas. Hablar desde el respeto no es sólo cambiar palabras: es cambiar la cultura que sostiene cómo tratamos, valoramos y visualizamos a los demás en nuestro entorno.
En última instancia, transformar el lenguaje es transformar la vida cotidiana. Es permitir que cada persona sea vista en toda su complejidad, sin distorsiones ni atajos. Es construir espacios donde todos puedan pertenecer sin ser definidos por una etiqueta que les quede demasiado pequeña. Y ese cambio, aunque parezca simple, es profundamente liberador.
