“Todos los hombres tienen, por naturaleza, el deseo de saber.” – Aristóteles
Cuando un niño pregunta por qué el cielo es azul, por qué la luna lo sigue o qué son los sueños, no lo hace por cumplir con un programa escolar ni para sacar una buena calificación. Lo hace por asombro. Es gracioso a este que comienza el verdadero aprendizaje: no es por la repetición, sino por la sorpresa, la curiosidad y el deseo de comprender.
En la actualidad, el sistema educativo suele estar enfocado en medir resultados, cumplir objetivos y preparar exámenes. Sin embargo, varios estudios han demostrado que la motivación que nace del interés genuino por aprender, hace mucho más profundo y duradero el aprendizaje que motivaciones externas como premios o castigos. Según un estudio de la Universidad de California, los estudiantes que sienten curiosidad por un tema retienen mejor la información, activando regiones del cerebro vinculadas con la recompensa y la memoria a largo plazo (Gruber et al., 2014).
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