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Los saberes tradicionales también forman parte del aprendizaje. Cuando la escuela los recupera, los investiga y los comparte, niñas y niños pueden comprender mejor su entorno, valorar su cultura y reconocer la importancia de cuidar la naturaleza.

Con esta visión, la docente Rosaura Poot Naal, de la Escuela Primaria “Emiliano Zapata”, en Tacotalpa, Tabasco, desarrolló la buena práctica “La farmacia viviente”, un proyecto dirigido a estudiantes de primer grado para rescatar conocimientos comunitarios sobre el uso de plantas medicinales.

La iniciativa surgió al observar que, en comunidades alejadas, muchas personas adultas mayores aún recurren a plantas locales para atender malestares menores y brindar primeros auxilios. Sin embargo, estos conocimientos se han ido perdiendo entre las nuevas generaciones. Por ello, el proyecto buscó acercar a las y los estudiantes a la herbolaria, siempre destacando que estos saberes deben complementarse con atención médica y diagnósticos profesionales.

El proceso inició con una investigación sobre las formas tradicionales de curación. Las niñas y los niños conversaron con sus familias, recopilaron información y conocieron distintas especies utilizadas en la comunidad. Posteriormente, recolectaron plantas medicinales, las deshidrataron en un dispositivo artesanal construido por ellos mismos y elaboraron un libro ilustrado titulado “Mi Herbolario”.

En cada página registraron el nombre de la planta, sus propiedades y las formas en que tradicionalmente se utiliza: infusión, té, cocimiento o aplicación directa. También documentaron el uso de raíces, cortezas, frutos, semillas y bulbos, relacionando estos conocimientos con el cuidado del cuerpo y el bienestar.

Uno de los momentos más significativos fue la participación de Maribel Sarmiento Mogo, integrante de la comunidad con experiencia en herbolaria y partería. Durante la sesión, compartió saberes sobre distintas plantas medicinales y explicó la importancia de transmitir estos conocimientos de generación en generación. Su intervención permitió que el aprendizaje conectara la experiencia de las personas mayores con la curiosidad de las nuevas generaciones.

Como cierre del proyecto, estudiantes y familias crearon un huerto escolar de plantas medicinales al que llamaron “Farmacia viviente”. Elaboraron maceteros con materiales reciclados, intercambiaron especies y organizaron un espacio dentro de la escuela para preservar y cuidar plantas como insulina, maladre y vaporub.

La experiencia también dio lugar a un libro colectivo llamado “El Recetario”, en el que se reunieron usos y beneficios de diversas plantas medicinales. Algunas familias señalaron que pusieron en práctica varias de las recetas compartidas, lo que muestra que el proyecto trascendió el aula y llegó a los hogares.

Además de fortalecer conocimientos sobre herbolaria, la práctica promovió la colaboración, la conciencia ambiental, el respeto por los saberes ancestrales y el aprendizaje intergeneracional. Las y los estudiantes comprendieron que la naturaleza no solo forma parte de su entorno, sino también de la historia, la cultura y la vida cotidiana de su comunidad.

“La farmacia viviente” demuestra que la escuela puede convertirse en un puente entre el conocimiento tradicional y el pensamiento científico. Al observar, investigar, sembrar y compartir, las niñas y los niños desarrollaron una mirada más responsable sobre la salud, la cultura y el cuidado de los recursos naturales.

En Proeducación creemos que una escuela fuerte reconoce los saberes de su comunidad, los convierte en aprendizaje y acompaña a niñas y niños para que conozcan, valoren y protejan el entorno que los rodea.

Escuelas Fuertes, México imparable.

 


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