La alimentación influye directamente en la salud, el bienestar y el aprendizaje de niñas y niños. Sin embargo, en muchas comunidades escolares, los productos ultraprocesados forman parte de la dieta cotidiana, aun cuando el entorno ofrece alimentos naturales, nutritivos y culturalmente cercanos.
A partir de esta realidad, el docente Luis Alberto Méndez Vega, de la Escuela Primaria José María Morelos y Pavón, ubicada en Tlamaya Santiago, Tamazunchale, San Luis Potosí, desarrolló la buena práctica “Los colores de la alimentación”, dirigida a estudiantes de tercero, cuarto, quinto y sexto grados en un contexto multigrado.
El proyecto surgió al identificar que muchos estudiantes llegaban a la escuela sin desayunar o consumían alimentos con bajo valor nutricional. También se observó que niñas, niños y familias desconocían los beneficios de los alimentos tradicionales disponibles en su comunidad. Esta situación afectaba sus hábitos alimenticios, su bienestar y su aprovechamiento escolar.
Ante ello, se implementó el proyecto “El poder de la alimentación”, con el objetivo de fortalecer el pensamiento crítico de los estudiantes para que pudieran tomar decisiones informadas sobre su dieta. La propuesta se desarrolló mediante actividades de indagación, reflexión y acción, vinculando saberes científicos, prácticas comunitarias y vida cotidiana.
Una de las primeras actividades consistió en registrar las tres comidas diarias: desayuno, almuerzo y cena. A partir de esas tablas, las y los alumnos analizaron qué alimentos consumían con mayor frecuencia, cuáles eran saludables y cuáles no. También trabajaron conceptos estadísticos como moda y promedio, convirtiendo la alimentación en un tema de análisis y diálogo.
Después, observaron los alimentos que sus compañeros consumían durante el recreo. Esta actividad permitió reconocer el alto consumo de comida chatarra y bebidas azucaradas, así como el bajo consumo de frutas y verduras. A partir de ello, el grupo reflexionó sobre los efectos de una mala alimentación y sus posibles consecuencias, como obesidad, diabetes e hipertensión.
El proyecto también incorporó la actividad “Un menú saludable”, en la que los estudiantes identificaron alimentos disponibles en su comunidad y los clasificaron por colores de acuerdo con su aporte nutricional: verde para vitaminas y minerales, naranja para carbohidratos, rojo para proteínas y combinaciones de colores para alimentos con distintos nutrientes. Esta dinámica ayudó a visualizar de forma sencilla la importancia de una dieta equilibrada.
Como parte del trabajo interdisciplinario, las y los alumnos elaboraron encuestas, gráficos, dibujos, textos y presentaciones para compartir sus hallazgos con la comunidad escolar. Además, propusieron alternativas saludables, como barras nutritivas y cócteles de frutas, que fueron integradas en actividades escolares.
Uno de los resultados más importantes fue la reactivación de la parcela escolar. Estudiantes y familias participaron en la siembra de calabaza, frijol, cilantro, pepino, semillas de girasol, árboles frutales y elotes. Esta actividad fortaleció la relación con la agricultura local, promovió el trabajo comunitario y mostró que la escuela también puede ser un espacio para producir, compartir y aprender.
“Los colores de la alimentación” demuestra que hablar de nutrición en la escuela no se limita a enseñar qué comer. Implica ayudar a niñas y niños a observar su realidad, cuestionar sus hábitos, valorar los alimentos de su comunidad y participar activamente en la construcción de una vida más saludable.
Escuelas Fuertes, México imparable.
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