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Parece que podríamos detenernos y objetar que efectivamente las buenas calificaciones son un fin en sí mismo, que no veo necesario dar más razones y que puedo concluir en un valor en específico como su propio fin. El problema de esta consideración consiste en que, si estudio para obtener buenas calificaciones, ya estoy adjudicando a la tarea un valor agregado que no es propio necesariamente. A esto podríamos objetar, ¿entonces qué haces cuando estudias?, ¿no acaso haces las cosas en función de todos los valores que conoces sobre algo? En el mundo ya hay un valor establecido y no subirse a la escalera es más bien nunca empezar. Otra objeción consiste en examinar si el estudio es efectivamente un valor intrínseco.

El estudio no se desea por el estudio, se desea por el saber. Entonces, ¿es el saber un valor intrínseco? De ser el caso, el saber sería la forma primordial del estudio. Examinemos más de cerca la cuestión. Si deseo saber algo lo más probable es que lo haga en función de algo, ¿puedo saber por saber? Y si deseo saber por saber, ¿no acaso lo hago porque me es placentero? Si en ese caso la forma primordial es el placer, resulta contraintuitivo que puedo obtener placer por el mero placer.

Para que algo nos cause placer debo obtenerlo de algo y es el valor de esa cosa la cuál me permite identificar si es disfrutable, buena o desagradable. Ahora bien, supongamos que el saber por el saber no es necesariamente placentero, en cualquier caso el saber por el saber mismo resulta también contraintuitivo. Para saber algo es necesario inferir algún estado de cosas, algún concepto, alguna idea, que tengan un valor específico y determinado de acuerdo con el sistema en cuestión.

Hagámonos la siguiente pregunta: ¿es posible entonces que algo tenga un valor intrínseco? Además, ¿las cosas cuentan ya con su valor o somos nosotros quienes se lo otorgamos? Para que en principio un valor sea intrínseco según nuestra definición, resulta necesario que no se le sea otorgado, sino que el valor se encuentre ya en la cosa misma. Sea el caso, nuestro modo de apreciar un valor es el cuál debe adecuarse a la cosa. Imaginemos un proceso que no ofrece por necesidad el valor intrínseco, que en ocasiones debemos formarnos hacía su búsqueda y descifrar la manera, las herramientas o las situaciones que nos permitan hacernos paso.

Ahora bien, aquello que vamos a encontrar puede ser incierto, lo que hay al final del camino, si es que hay un final, no lo tendremos nunca claro. Es importante ser muy cautelosos con el valor que esperamos de las cosas no por una cuestión moral ni por un principio del deber, sino porque la apertura a las incongruencias, las dudas y las dificultades que presenta el aprendizaje es la forma que nos permite realmente conocer. Lo que no podemos cuestionar es que el valor de una cosa, ya está en la cosa, le es intrínseco a ella.

Aquello que nos va a presentar un reto en el aprendizaje es hacer el esfuerzo necesario para acceder al tema, que una vez que se nos abra, podremos hacer sentido del mismo.