De acuerdo con lo dicho por Gilbert Ryle en su artículo Knowing How and Knowing That[1], suponemos una doctrina prevaleciente en el modo de entender la inteligencia, esta es:
- La inteligencia es una facultad especial que permite llevar a cabo actos internos[2] de pensamiento, principalmente operaciones que conciernen al valor de una proposición[3].
- Las acciones que son llamadas “inteligentes”, “listas” y demás, deben su nombre a que son acompañadas por un acto interno de entender una proposición (particularmente, proposiciones regulativas[4]).
Sea el caso, según la doctrina prevaleciente, hacer cosas “inteligentes” en última instancia equivale a reflexionar sobre un proceso considerado ulterior y, luego llevarlo a cabo en la práctica de manera externa. En oposición a esta doctrina, Gilbert Ryle propone que la inteligencia se comprenda cómo el ejercicio directo y performativo tanto de la práctica como de la teoría. Para llevar a cabo un acto inteligente no sería necesario incorporar un ¨acto interno¨ de contemplar una proposición regulativa, es decir, no existe una brecha entre la inteligencia y la práctica.
De considerar esto cierto, resulta de mayor importancia desanudar mucho de lo que entendemos por “inteligencia” si es que no deseamos caer en ilusión. Sabemos que la inteligencia puede tener un valor moral importante y en ocasiones lo consideramos como una facultad que está por encima de las demás. Nos parece que tiene la condición de ser “innata” a una persona de tal manera que “el ser inteligente” parezca “superior” o incluso “diferente”. Seamos cuidadosos con estos prejuicios e intentemos analizar con más detalle las cosas. Se propone entonces que la inteligencia sea cualquier acto que cumpla una función o una tarea de manera eficiente. Sin embargo, ¿qué es que algo sea eficiente?, ¿cómo decidimos esto?
Todos en algún punto hemos escuchado la frase “piensa antes de actuar” como una máxima que en principio busca generar acciones competentes. Nos enfrentamos a una situación, reflexionamos y en la reflexión encontramos la respuesta a una solución. Sin embargo, ¿cuántas veces no hemos visto que la consecuencia de esta máxima sea la parálisis? O que incluso al llevar a cabo alguna operación interna, seguimos sin cumplir con las expectativas de una tarea[5]. La mayor parte de las cosas que hacemos llevan consigo un cierto lineamiento, esperamos demostrar algo o llegar a algún resultado. Sin embargo, no es que reflexionemos y entonces actuemos, ni tampoco parece posible que hagamos ambas operaciones a la vez. Hacemos la tarea establecida y de acuerdo con nuestro grado de conocimiento sobre el tema, tendremos resultados más o menos cercanos a las expectativa de algún resultado en específico. Por más que reflexionemos sobre una acción, no se obtienen necesariamente mejores resultados: es a través de la práctica que esto sucede. Si aún no estamos lo suficientemente familiarizados con un tema, cualquier pensamiento teórico que se nos presente nos va a parecer extraño.
El problema sobre cómo se van formando estas expectativas es profundamente complejo y las respuestas varían. Sin embargo, trataré de dar un ejemplo muy concreto sobre un posible proceso de esto: un niño que siente un espasmo en el estómago y llora sin saber exactamente lo que le sucede. Nos acercamos a preguntarle “¿qué te sucede?” y señala su barriga con señal de desagrado, le decimos “estás malo de la panza” y lo llevamos a la enfermería donde le ofrecen una pastilla que le quita el dolor. Son todas estas acciones las que determinan lo que el niño entenderá por “dolor de panza” y lo que tiene que hacer para solucionarlo. El ejemplo no es perfecto pero quizá pueda ilustrar el sentido que tiene la inteligencia en cumplir una tarea.
Si abandonamos la doctrina prevaleciente (aquella que considera que la inteligencia es una facultad especial interna al pensamiento) y nos enfocamos en los actos como el ejercicio del pensamiento, si el niño se equivoca no es que sea “tonto”, más bien, es probable que:
- No sean lo suficientemente claras las indicaciones de la tarea.
- No está suficientemente claro el sentido de la tarea.
Por indicaciones, entendamos sencillamente el proceso necesario para llevar a cabo la acción, reglas digamos. A esto Ryle le llama “saber cómo”. Por sentido, entendemos la comprensión del significado de los hechos que forman parte de una acción. A esto se le llama “saber qué”.
Sin embargo, a pesar de que comprender así la inteligencia pueda ayudarnos a aclarar en qué consiste de un modo más concreto y práctico, sabemos que puede haber otras razones que dificulten la enseñanza. En ocasiones es el mismo lenguaje el que nos pone trabas para darnos a entender, las herramientas con las cuales nos apoyamos para dar una explicación pueden dificultar un aprendizaje, lo mismo con las condiciones materiales o el estado de ánimo de los alumnos o el maestro. El aprendizaje puede tomar tiempo y simplemente hay que insistir en practicarlo.
[1] Ryle, Gilbert. “Knowing How and Knowing That: The Presidential Address.” Proceedings of the Aristotelian Society 46 (1945): 1–16.
[2] Como “acto interno” entendamos, por ejemplo, la reflexión o el diálogo interno.
[3] Por proposición me refiero a cualquier tipo de afirmación que tenga valor de verdad/falsedad. Por ejemplo, la orden ¨pórtate bien¨ solo tiene valor propositivo cuando se establece como ¨haces lo que te pido o no haces lo que te pido¨.
[4] Una proposición regulativa consiste en una afirmación entendida por norma y pretende por lo tanto guiar al pensamiento. En este caso, se trata de actos internos que previo a la acción reflexionan sobre cuál es la manera correcta u óptima de llevarse a cabo.
[5] Por tarea entendemos cualquier actividad, desde las matemáticas hasta el fútbol. Se puede ser inteligente para ambas cosas cuando se es muy bueno con los números o muy bueno para meter un centro, o ambas.
