La convivencia escolar no se construye solo en el aula. Se fortalece cuando estudiantes, docentes y familias comparten responsabilidad en el proceso educativo. En la Primaria “Profesor José Vizcaíno Pérez”, en el Estado de México, una buena práctica demostró que la participación activa de las familias puede transformar el ambiente escolar y favorecer el desarrollo socioemocional.
El punto de partida fue un grupo de tercer grado con conflictos constantes, falta de respeto y dificultades para regular emociones. Ante este contexto, se planteó un objetivo claro: construir una convivencia sana y pacífica, integrando a las familias como parte del proceso educativo.
De observadores a participantes
La estrategia consistió en invitar a madres y padres a participar en una presentación artística (una coreografía musical por el Día del Niño). Más que una actividad recreativa, fue una oportunidad para que vivieran el proceso educativo: trabajo en equipo, atención, coordinación y manejo de emociones.
Esta participación permitió que las familias desarrollaran mayor empatía hacia sus hijos y comprendieran mejor la labor docente, pasando de observadores a actores dentro de la escuela.
Resultados y aprendizajes
El impacto fue claro: mejora en la convivencia, mayor regulación emocional y fortalecimiento de valores como respeto, diálogo y compañerismo. Además, se consolidó una idea clave: cuando las familias se involucran de forma activa, se construye una verdadera comunidad escolar que favorece el bienestar y el aprendizaje.
Esta experiencia confirma que la educación se fortalece cuando escuela y familia trabajan juntas, aportando desde su lugar para lograr un objetivo común.
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