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La violencia escolar no solo afecta la convivencia: también impacta el aprendizaje, el bienestar emocional y la permanencia de las y los estudiantes en la escuela. Cuando los conflictos se vuelven cotidianos, la escuela necesita responder de forma organizada, con acciones que no se limiten a contener el problema, sino que ayuden a transformarlo. Esa fue la apuesta de la Escuela Secundaria Técnica No. 1, en San Francisco de Campeche, con la buena práctica Mi escuela, un espacio seguro.

El proyecto surgió a partir de un diagnóstico claro: el incremento de reportes de violencia escolar, dificultades en el manejo de emociones y una relación visible entre estos factores y el bajo aprovechamiento académico. A partir de esa lectura, la comunidad escolar decidió trabajar en la creación de espacios seguros libres de violencia, entendidos no solo como lugares físicos, sino como entornos donde sea posible convivir con respeto, expresar emociones y construir empatía.

Uno de los mayores aciertos de esta práctica fue asumir que la solución no depende de una sola asignatura ni de un solo actor. El proyecto se organizó por academias y campos formativos, sumando a estudiantes, docentes, directivos, familias y áreas de apoyo. Desde Matemáticas se realizaron mediciones, cálculos de áreas y presupuestos para rehabilitar espacios; en Ciencias se trabajó la reforestación y el cuidado del entorno; en Español e Inglés se elaboraron reglamentos y mensajes contra la violencia; en Artes se crearon murales y mobiliario; en Educación Física se habilitó un área de juego; y en Tecnología se desarrollaron iniciativas como la banca de la amistad y spots de radio con mensajes positivos.

Más allá de la rehabilitación de espacios, el proyecto también atendió la dimensión formativa. Trabajo Social y USAER impulsaron talleres con madres y padres de familia sobre crianza, autorregulación emocional y comunicación asertiva, y con estudiantes sobre escucha activa, empatía, resiliencia, resolución de conflictos y diálogo. Esta articulación permitió construir una red de apoyo más amplia, con la escuela como punto de encuentro entre prevención, acompañamiento y comunidad.

La práctica deja una enseñanza importante: hablar de una escuela segura no es solo mejorar infraestructura o reducir incidentes. Es construir un sentido de pertenencia, corresponsabilidad y cuidado compartido. También implica reconocer que los resultados no siempre son inmediatos y que sostener este tipo de procesos requiere liderazgo compartido, apertura institucional y continuidad.

Cuando la escuela se piensa como un espacio seguro, el cambio se nota en lo cotidiano: en cómo se usan los espacios, en cómo se relacionan las y los estudiantes, en cómo se atienden los conflictos y en cómo la comunidad se involucra. Ahí está el valor de esta experiencia: demostrar que la convivencia también se diseña, se trabaja y se fortalece entre todos.

 


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