Cuidar el medio ambiente también se aprende observando el entorno, haciendo preguntas y buscando soluciones desde la comunidad. Así ocurrió en la Escuela Primaria Vicente Guerrero, ubicada en San Bartolomé Matlalohcan, Tlaxcala, donde la docente Maribel Macías Olmos desarrolló la buena práctica “Recreando el papel”, un proyecto que convirtió una problemática ambiental en una experiencia de aprendizaje, creatividad y participación familiar.
La práctica nació a partir de una preocupación concreta: la presencia del heno motita, una planta invasiva que estaba afectando a árboles locales como sabinos, capulines y ocotes. Durante recorridos cotidianos de casa a la escuela, las niñas y los niños identificaron más de 40 árboles dañados, algunos completamente secos. Esta observación despertó en el grupo una pregunta fundamental: ¿cómo podemos transformar esta amenaza en una oportunidad?
A partir de esta inquietud, estudiantes de cuarto grado comenzaron una fase de investigación y diagnóstico. Indagaron qué era el heno motita, cómo afectaba a los árboles y si el problema también existía en otras comunidades. La observación directa, la recolección de datos y el diálogo permitieron que comprendieran la magnitud del reto y pensaran en posibles soluciones.
La respuesta fue innovadora: utilizar el heno motita como materia prima para elaborar papel artesanal. Con ello, el proyecto no solo buscó reducir el daño a los árboles, sino también reflexionar sobre el consumo de papel convencional y la importancia de aprovechar los recursos naturales de manera responsable.
El proceso fue diseñado para ser sencillo, accesible y replicable. Las familias participaron en la recolección del heno motita de los árboles afectados. Después, el material fue enjuagado, hervido con cal, colado, molido y blanqueado. Finalmente, la fibra se mezcló con mucílago de chía, se extendió en moldes y se dejó secar hasta obtener láminas de papel artesanal.
Esta experiencia permitió integrar aprendizajes de distintos campos formativos. Desde saberes y pensamiento científico, las y los estudiantes comprendieron procesos biológicos y ambientales; desde lenguajes, desarrollaron creatividad al diseñar posibles aplicaciones del papel; y desde ética, naturaleza y sociedad, fortalecieron valores como responsabilidad, trabajo en equipo y cuidado del entorno.
Uno de los aspectos más valiosos fue la participación de las familias. Madres, padres y comunidad acompañaron el proceso, apoyaron la recolección y se sumaron a la producción del papel. Así, el aprendizaje dejó de ser una actividad aislada del aula y se convirtió en una acción comunitaria con sentido.
Los resultados fueron visibles: se promovió la conciencia ambiental, se fortalecieron los lazos entre escuela y familias, y las niñas y los niños descubrieron que pueden generar soluciones con creatividad, organización y pocos recursos. Incluso, el proyecto abrió la posibilidad de instalar un taller comunitario para producir papel de manera sostenible y generar oportunidades de empleo local.
“Recreando el papel” demuestra que una buena práctica educativa puede iniciar con una observación sencilla y convertirse en una propuesta con impacto ambiental, social y educativo. También confirma que cuando la escuela escucha a su comunidad, el aprendizaje se vuelve más significativo.
En Proeducación creemos que una escuela fuerte es aquella que conecta el conocimiento con la vida diaria, impulsa la participación de las familias y acompaña a niñas y niños para que reconozcan su capacidad de transformar su entorno.
Escuelas Fuertes, México imparable.
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