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Cuidar el medio ambiente no empieza únicamente con grandes campañas o decisiones lejanas. Muchas veces comienza en el patio de una escuela, cuando niñas y niños observan su entorno, identifican un problema y descubren que también pueden ser parte de la solución.

Eso ocurrió en la Escuela Primaria Rural Josefa Ortiz de Domínguez, ubicada en Valle Hermoso, Tamaulipas, donde la docente Valeria Agapita Fernández Franco impulsó el proyecto “Salvemos al Planeta”, una buena práctica educativa que logró integrar a estudiantes, docentes, familias y comunidad en torno a un propósito común: fomentar una cultura de respeto, responsabilidad y acción frente al cuidado del medio ambiente.

El punto de partida fue sencillo, pero profundamente significativo. Al analizar los retos de su centro escolar, la docente identificó problemáticas concretas: la falta de árboles, la basura que quedaba en el patio durante el recreo y la necesidad de formar en las y los alumnos una conciencia ambiental desde edades tempranas. A partir de ello, se propuso fortalecer el interés por la preservación del planeta, ampliar los conocimientos ecológicos de los estudiantes y promover acciones sostenibles a corto y mediano plazo.

La estrategia se desarrolló mediante la metodología de Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), que coloca a las y los estudiantes como protagonistas de su propio aprendizaje. En lugar de abordar el tema ambiental solo desde la teoría, el grupo de primer grado observó directamente su escuela, detectó necesidades reales y participó en la construcción de soluciones.

Durante el proceso, las niñas y los niños notaron que había pocos árboles en la escuela y que, después del recreo, el patio quedaba con basura. En el aula, compartieron sus ideas, expresaron sus puntos de vista y, en equipo, elaboraron carteles con acciones para cuidar el medio ambiente. Así, el aprendizaje dejó de ser una actividad aislada y se convirtió en una experiencia vinculada con su vida cotidiana.

Uno de los momentos más importantes del proyecto fue la gestión realizada por la directora de la escuela, quien consiguió ante el DIF la donación de 38 árboles de sombra y frutales. Con el apoyo de estudiantes, docentes y madres y padres de familia, se realizó una jornada para plantarlos en espacios estratégicos de la escuela. Esta acción no solo transformó físicamente el entorno escolar, sino que también fortaleció el sentido de pertenencia y corresponsabilidad de toda la comunidad.

Además, se implementaron otras acciones concretas: guardias durante el recreo para evitar que se tirara basura, exposición de videos sobre el medio ambiente, reutilización de agua proveniente de las mangueras de los climas para regar los árboles y grabación de videos por parte de los estudiantes, en los que explicaban acciones para promover el cuidado del planeta.

Estas actividades permitieron que las niñas y los niños entendieran que cuidar el medio ambiente no es una idea abstracta, sino una suma de decisiones diarias: recoger la basura, cuidar el agua, proteger los árboles, compartir lo aprendido y motivar a otros a participar.

El proyecto también involucró a las familias. Madres y padres apoyaron en la plantación y riego de los árboles, reforzaron en casa los aprendizajes y acompañaron el proceso. Esta participación fue clave para que la práctica tuviera continuidad y sentido comunitario. Cuando la escuela abre sus puertas a las familias, los aprendizajes se amplían y se vuelven más sólidos.

Como cierre, se realizó una muestra pedagógica en el salón de primer grado, donde se expusieron trabajos relacionados con el medio ambiente. Este espacio permitió visibilizar lo aprendido, reconocer el esfuerzo de las y los estudiantes y compartir con la comunidad los resultados de una experiencia educativa que fue más allá del aula.

Entre los principales cambios observados, la docente destaca el entusiasmo de sus alumnos, el apoyo de las familias y el impacto positivo de las acciones realizadas. Uno de los logros más valiosos fue ver cómo las niñas y los niños comenzaron a recoger basura por iniciativa propia, cuidar el agua y estar al pendiente de los árboles que habían plantado.

“Salvemos al Planeta” demuestra que una buena práctica educativa puede iniciar con una necesidad muy concreta y convertirse en una experiencia de aprendizaje significativo. También confirma que cuando estudiantes, docentes, directivos, familias y comunidad trabajan juntos, la escuela se fortalece como espacio de transformación.

En Proeducación creemos que cada acción suma. Plantar un árbol, cuidar el agua, reducir la basura o escuchar las ideas de las niñas y los niños son pasos que construyen comunidades más conscientes, participativas y comprometidas.

Porque cuando fortalecemos una escuela, fortalecemos a toda una comunidad.

Escuelas Fuertes, México imparable.

 

 


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